EDITORIAL

EL REGRESO DE LOS ENCIERROS TAURINOS

Valdemoro, 29 de abril de 2026

Ciudadanos y ciudadanas de nuestra localidad celebrarían que su Ayuntamiento destinara recursos y esfuerzos a materias más provechosas y edificantes.

La concejala Elena Sánchez viene de declarar enardecida que Valdemoro está de enhorabuena por la recuperación de los encierros taurinos tras un paréntesis de catorce años. Prescinde la titular de Cultura del parecer de incontables ciudadanos y ciudadanas —cuyos intereses e inquietudes, no se olvide, también representa la edil popular— que, lejos de aplaudir un evento de estas características, perciben el rescate de festejos taurinos como un movimiento de evidente carácter retrógrado, y que con mayor entusiasmo celebrarían que su Ayuntamiento destinara recursos y esfuerzos a materias más provechosas y edificantes. 

No se equivocan quienes identifican la restitución del alabado correcalles taurino como un jalón más —a buen seguro no el último— de esa reaccionaria y antisocial agenda que, sin prisa pero sin pausa, viene desplegando el señor Conde desde que arrancó la legislatura, con apoyo entusiasta de sus socios de gobierno. 

Llama la atención que en su argumentación, Sánchez no haya dudado en describir Valdemoro como “un pueblo taurino por naturaleza y tradición”, poco menos que depositario de una genuina e indomable pulsión tauromáquica que todo atento servidor público no tendría por menos que satisfacer, allegando los debidos medios para que esta fluya sin trabas. 

Dejando a un lado la incursión desacomplejada de la edil popular en los resbaladizos terrenos del esencialismo cultural, convendría recordarle que al Equipo de Gobierno del que forma parte no se le conoce, en cambio, ni una sola acción para frenar la pérdida de biodiversidad local; conservar el paisaje rural valdemoreño, ni medida alguna para revitalizar nuestros parques, jardines y plazas como espacios públicos resilientes al cambio climático. 

Las prioridades de esta alta cultura institucional transcurren como se ve por bien distintos derroteros, los del rescate y promoción del gregarismo bullanguero; la burla, el maltrato y la cosificación de seres sintientes como motores del entretenimiento popular y, en consecuencia, la ruptura de todo vínculo empático hacia criaturas cuyo pecado residiría en su capacidad de excitar atavismos e inmutables señas de identidad, sea esta local o nacional. 

Con permiso de Malraux, añadamos que el siglo XXI será ecologista o no será. Mientras ello se despeja hay quienes andan hoy ardorosamente afanados en llevarnos como poco de regreso al XIX.